
Aún no has elegido tu estrella
Las historias del cielo
Encuentra la estrella por su historia
Cuatro motivos para regalar una estrella. Cada uno tiene sus protagonistas en el cielo. Elige la historia que más se parezca a tu intención.

Para los que se quieren
Para regalar la noche que decís «sí», el aniversario que cuenta, el primer «te quiero» que no se borra. El cielo lleva siglos siendo testigo silencioso de los amores que duran.
Pollux
Pollux brilla con un tono naranja persistente a 33,8 años luz de distancia, en la constelación de Géminis. En la mitología griega era el gemelo inmortal, hijo de Zeus, hermano del mortal Cástor; el cielo decidió colocarlos uno junto al otro para que ninguno de los dos quedara solo después de la muerte del primero. Su luz tibia, que cruza la noche europea cada invierno desde casi un siglo atrás, partió de la estrella cuando los relojes mecánicos comenzaban a ordenar la vida silenciosa de las catedrales medievales.
Diadem
Diadem brilla en la Cabellera de Berenice, la melena que la reina egipcia ofreció a la diosa Afrodita y que el astrónomo Conón colocó en el cielo. Es una estrella amarillo-blanca de tipo F a unos 58 años luz: una de las pocas constelaciones cuyo origen mitológico es histórico, no legendario, pues Berenice II vivió de verdad en el siglo III a.C.
p Eridani
p Eridani es un sistema binario íntimo: dos estrellas naranjas de clase K que orbitan una en torno a la otra en el río celeste de Eridanus, a apenas 26 años luz de aquí. Son enanas más pequeñas y frías que el Sol, vecinas cercanas en la escala galáctica, y un buen telescopio modesto basta para separarlas en una pareja amarillo-anaranjada. Su luz cruza el espacio en algo más de dos décadas y media.
HYG 118360
En el costado de Auriga brilla una pareja de fuego dorado. Son dos soles tipo G danzando demasiado cerca para que el ojo los separe —apenas a 42 años luz—. La luz que esta noche cruza la atmósfera salió cuando los primeros transistores cambiaban el rumbo de la electrónica, en plena posguerra. Una intimidad estelar disfrazada de punto único, atrapada para siempre en el carro del Cochero.

Para nombrar a quien ya no está
Sin enterrar su nombre. Un punto del cielo que no se apagará en tu vida. Cuatro estrellas elegidas porque saben de presencia y permanencia.
Porrima
Porrima, en la constelación de Virgo, es una estrella amarilla a sólo 38 años luz de la Tierra: una vecina muy cercana en términos cósmicos, casi en la puerta de al lado del Sistema Solar. Lleva el nombre de una de las antiguas Camenas romanas, diosas menores que cantaban el porvenir y custodiaban a las parturientas durante el alumbramiento, papel humilde y crucial en la religión doméstica de Roma. Su luz, suave y constante, recorre el cielo de primavera europeo desde tiempos en que la fotografía aún no se había inventado siquiera en su forma más rudimentaria.
Pollux
Pollux brilla con un tono naranja persistente a 33,8 años luz de distancia, en la constelación de Géminis. En la mitología griega era el gemelo inmortal, hijo de Zeus, hermano del mortal Cástor; el cielo decidió colocarlos uno junto al otro para que ninguno de los dos quedara solo después de la muerte del primero. Su luz tibia, que cruza la noche europea cada invierno desde casi un siglo atrás, partió de la estrella cuando los relojes mecánicos comenzaban a ordenar la vida silenciosa de las catedrales medievales.
Scheat
Scheat marca uno de los vértices del Gran Cuadrado de Pegaso y debe su nombre a la palabra árabe para «pierna» o «espinilla». Es una gigante roja variable: una estrella anciana que pulsa lentamente, cambiando de brillo en escalas de meses como un corazón fatigado. A 196 años luz, su luz rojiza partió cuando Napoleón aún era una sombra en los manuales de historia europea.
Acamar
Acamar, en el largo río celeste de Eridanus, fue durante siglos para los griegos el «final del río»: la última estrella visible antes de que la constelación se hundiera por completo bajo el horizonte mediterráneo cada noche. Más al sur, ya en la era de las grandes navegaciones oceánicas, se descubrió la deslumbrante Achernar, y Acamar perdió silenciosamente su antiguo rango sin protestar. Hoy brilla blanca a 161 años luz de distancia, recordando que los confines del cielo cambian con la latitud del observador y con cada nueva ruta que se abre por mar.

Para quien te enseñó el camino
Padres, mentores, maestras. Quienes te enseñaron a leer, a conducir, a no rendirte. La estrella que has seguido aunque no lo supieras.
Dubhe
Dubhe es la primera de las dos «punteras» del Carro, la línea imaginaria que prolongada cinco veces conduce a la Estrella Polar. Su nombre viene del árabe «ẓahr al-dubb», el lomo de la osa, y a 122,9 años luz arde con un blanco amarillento como una baliza. Pueblos navegantes de tres continentes han usado sus dos linternas para reconstruir el norte cuando todo lo demás fallaba.
Canopus
Canopus arde en la quilla del navío Argo con un blanco amarillento intenso, segunda en brillo de todo el cielo nocturno. Las naves de la antigüedad la usaban como guía meridional, y aún hoy las sondas espaciales la emplean para orientarse en el vacío. La luz que cruza el firmamento esta noche partió de Carina alrededor del año 1716, cuando Europa todavía cartografiaba océanos.
Rigel
Rigel arde como una supergigante azul en el pie de Orión, una de las estrellas más luminosas del cielo invernal. Su luz, blanquísima, viaja 863 años hasta nosotros: lo que esta noche brilla sobre el horizonte salió de allí cuando los reinos cristianos de Iberia aún disputaban Toledo a los almohades. En árabe, «riǧl al-jabbār» significaba «el pie del gigante», y así la nombraron los astrónomos medievales que cartografiaban a Orión cazador.
Alkaid
Alkaid cierra el mango del Carro de la Osa Mayor, último guardián de la procesión de siete estrellas que orientó a generaciones enteras hacia el norte. Su nombre, del árabe «al-qā'id», significa «el caudillo» o «la jefa de las plañideras» del cortejo fúnebre que la imaginación medieval veía en la constelación. Estrella azul-blanca y caliente, ardiente joven a 104 años luz, brilla con la furia limpia de las estrellas de clase B.

Para empezar algo nuevo
Un nacimiento, una mudanza, un capítulo nuevo. Una estrella que comienza ahí donde tú lo elijas, y se queda contigo desde el primer día.
Theta Carinae
Theta Carinae es la joya más brillante de IC 2602, el cúmulo abierto que los astrónomos llaman las Pléyades del Sur. Es una subgigante azul caliente, mucho más joven que el Sol, que arrastra a sus hermanas estelares por el cielo austral en una danza nacida hace apenas treinta millones de años. Su luz, fría y eléctrica, viaja unos 455 años antes de alcanzarnos, transportando el reflejo de un enjambre de estrellas recién encendidas en la constelación de la Quilla.
Matar
Matar pertenece al asterismo de Pegaso, una estrella amarilla de clase G situada a 214 años luz, parecida en color al Sol pero notablemente más evolucionada. Su nombre proviene del árabe «sa'd al-matar», la afortunada de la lluvia, una referencia que enlaza la astronomía medieval con la meteorología agrícola: en su época, la salida heliacal de esta estrella anunciaba estaciones húmedas en el desierto. Hoy permanece como un guiño dorado entre las constelaciones del otoño boreal.
Omicron Velorum
Ómicron Velorum es la estrella más brillante del cúmulo abierto IC 2391, una constelación dentro de la constelación: medio centenar de soles jóvenes, hermanos nacidos de la misma nube, dispersos sobre el fondo de las Velas. Caliente y azul, con apenas decenas de millones de años, marca el centro de un enjambre que el ojo desnudo todavía detecta como un parche borroso bajo cielos australes oscuros.
Nashira
Nashira significa en árabe «portadora de buenas noticias», un sentido raro entre los nombres estelares, en su mayoría descriptivos o anatómicos. Es una variable blanca de clase A a 157 años luz, en Capricornio, donde la eclíptica acompaña a la Luna y a los planetas en su tránsito mensual. La etimología recuerda que el cielo, mucho antes de ser ciencia, fue augurio.